En apenas diez años, las plataformas de streaming transformaron radicalmente el modo en que el mundo consume contenido audiovisual. Servicios como Netflix, Amazon Prime Video, Disney+, Max y Apple TV+ compiten por la atención de una audiencia global que privilegia la inmediatez, la personalización y la movilidad por sobre la programación lineal tradicional. Según un informe de Statista, más del 70% de los hogares con acceso a Internet a nivel mundial tiene al menos una suscripción activa a alguna plataforma de streaming.

En América Latina, el crecimiento del sector es sostenido. Argentina, por ejemplo, cuenta con más de 12 millones de usuarios entre todas las plataformas, siendo Netflix la más utilizada, seguida de cerca por Prime Video y Disney+. La pandemia de COVID-19 aceleró esta expansión, multiplicando el tiempo de visualización por usuario y consolidando nuevas rutinas de entretenimiento en el hogar. Sin embargo, tras la euforia inicial, el sector enfrenta hoy una etapa de reconfiguración con desafíos en rentabilidad, saturación de oferta y segmentación de audiencias.

El fenómeno también modificó la industria audiovisual. Las plataformas dejaron de ser meros distribuidores para convertirse en grandes productores de contenido original. Series como Stranger Things, The Crown, El juego del calamar o Succession no solo dominan el mercado, sino que marcan tendencias culturales globales. Esto generó nuevas oportunidades para actores, guionistas y directores, pero también un cambio en los modelos de negocio: ahora se produce para audiencias globales, con algoritmos que guían las decisiones editoriales.

Uno de los grandes debates del presente es la llamada “guerra del streaming”: el exceso de plataformas fragmentó la oferta y obligó al usuario a elegir, suscribirse —y muchas veces cancelar— según el contenido de interés. Esta lógica llevó al auge del fenómeno conocido como streaming fatigue o fatiga del usuario, que se enfrenta a catálogos extensos, subas de precios y contenidos cada vez más similares entre sí. En respuesta, crecen alternativas como los servicios gratuitos con publicidad (FAST, por sus siglas en inglés), que buscan captar a un público saturado.

La competencia también generó tensiones entre las plataformas y la industria tradicional del cine y la televisión. Mientras los canales de cable pierden abonados año tras año, los estudios cinematográficos debaten si lanzar sus estrenos en salas o directamente en streaming. Durante 2024, películas como Napoleon (Apple TV+) o Rebel Moon (Netflix) demostraron que las plataformas ya no son una segunda ventana, sino el centro de la estrategia de distribución audiovisual.

En paralelo, el streaming dio lugar a nuevas formas de consumo en tiempo real, como Twitch o YouTube Live, y a modelos híbridos como Star+, que combina series, deportes en vivo y producciones locales. Esta expansión redefine qué significa hoy “ver televisión”, con usuarios que ya no distinguen entre canales, plataformas o dispositivos. La inteligencia artificial, los algoritmos de recomendación y la producción personalizada prometen llevar aún más lejos esta transformación cultural.

El futuro del streaming parece asegurado, pero no sin desafíos: sostenibilidad económica, diversidad de contenidos, regulación de datos y accesibilidad digital son temas clave. En un ecosistema cada vez más competitivo, el éxito no dependerá solo del catálogo, sino de la experiencia del usuario. Lo que está claro es que la pantalla ya no se sintoniza: se elige, se pausa, se comparte. Y esa libertad de elección cambió, para siempre, la forma de contar y de mirar historias.

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