La intuición es esa sensación inexplicable que nos dice qué decisión tomar, incluso cuando no tenemos toda la información. Muchas veces la llamamos “corazonada”, “instinto” o simplemente “algo me dice que…”. Pero, ¿de dónde viene?

Desde la ciencia, la intuición se entiende como una forma de pensamiento rápido, basada en patrones que el cerebro ha aprendido sin que seamos conscientes de ello. Es como una base de datos emocional que se activa en segundos.

Por ejemplo, un médico experimentado puede “intuir” qué tiene un paciente con solo mirarlo, aunque no sepa explicar por qué. Lo mismo le pasa a un ajedrecista con jugadas o a una madre con su hijo. No es magia: es experiencia codificada.

Lo interesante es que muchas decisiones importantes en la vida se toman desde la intuición: elegir pareja, mudarse, cambiar de trabajo. Incluso en los negocios, muchos líderes confían en “su olfato” para tomar decisiones clave.

Sin embargo, la intuición no es infalible. Puede estar sesgada por prejuicios, emociones o información errónea. Por eso, lo ideal es combinarla con el pensamiento racional, sobre todo en decisiones complejas.

Aun así, reconocer el valor de la intuición es reconocer que el conocimiento humano no es solo lógico. También hay sabiduría en lo no dicho, en lo que sentimos sin saber exactamente por qué.

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