El turismo post-pandemia trae una nueva tendencia que pisa fuerte: el “slow travel” o turismo lento. Se trata de una forma de viajar más pausada, sostenible y enfocada en la conexión con el entorno y la cultura local.

Lejos del vértigo de las visitas exprés y las fotos apuradas, quienes practican el slow travel eligen estancias más largas, transportes menos contaminantes y experiencias más auténticas: desde cocinar con habitantes locales hasta caminar sin itinerario fijo.

En Argentina, destinos como los Valles Calchaquíes, la Patagonia norte o los pueblos serranos de Córdoba se adaptan bien a esta modalidad. También crecen las propuestas de alojamiento sustentable y actividades con bajo impacto ambiental.

El slow travel promueve dejar el celular de lado y sumergirse en lo que ocurre en tiempo real: observar, conversar, saborear sin apuro. Es una forma de reconectar con el presente, en un mundo donde la ansiedad y la prisa dominan.

Según datos de agencias especializadas, el perfil del viajero cambió: ahora se prioriza la calidad por sobre la cantidad. Muchos incluso prefieren viajar menos veces al año, pero de forma más significativa.

Más que una tendencia, el turismo lento es una filosofía de vida que busca algo que a veces olvidamos: disfrutar del camino, no solo del destino.

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